Ignacio dibuja como persiguiendo el aire. Por eso sus amigos siempre le dicen que las figuras parecen moverse. En parte es inquietante. Cuando alguien le pregunta cómo consigue ese efecto, se encoge de hombros, dice “Sólo dibujo huecos” y mira para otro lado. Así que, poco a poco, todos asumen que él llama “huecos” al movimiento y, lo entiendan o no, lo dan por bueno.
Todo lo que Ignacio dibuja va a una vieja caja de cartón y pocas veces saca sus dibujos antiguos para mostrarlos. Una vez acabado el boceto, lo mira, arranca la hoja del bloc y parece como si no fuese suyo. Si consigues ver un dibujo es sólo mientras lo realiza.
Pero yo sé que por las noches dibuja personas quietas y sin mirada. Una vez se durmió con la luz encendida y cuando me levanté para ir al baño entré en su habitación pensando que aún estaba despierto. Encima de sus piernas estaba el bloc abierto con el dibujo de una chica de perfil que parecía un maniquí. No recuerdo si tenía ojos o no pero a mí me dio miedo porque no miraba hacia ningún lado. Parecía muerta. Fue el primer dibujo estático que le vi a mi hermano.
Me llamo Mónica porque Ignacio lo eligió. En mi familia se piensa que el significado de los nombres tiene mucho que ver con el destino de las personas, así que mis padres se pensaron bastante qué nombres serían los adecuados para nosotros. En mi caso, dejaron que mi hermano eligiera entre tres posibles nombres cuál sería el mío. La familia cree que tanto mi hermano como yo somos chicos raros; él porque se pasa horas dibujando en vez de jugar al fútbol como todos y yo, porque prefiero desarmar objetos electrónicos en vez de jugar con las muñecas.
El mes pasado Ignacio nos sorprendió porque quiso apuntarse a un club deportivo. A mis padres les pareció genial y a mí, extraño.
Cuando pasaron dos semanas y comprendí que lo del deporte iba en serio, pedí a mis padres que también me apuntaran a mí en aquel club deportivo para vigilar de cerca a mi hermano. No es que yo pensara que hacía algo malo, sino que a Ignacio no le gustaba mucho el deporte y tenía que haber alguna otra razón para que estuviera asistiendo tres veces por semana (sin falta) a aquel lugar.
Ignacio se molestó conmigo, claro. Dijo: “¿Eres mi sombra o qué…?” Yo encogí los hombros y sonreí. Nunca llegábamos a pelearnos del todo.
Fue un miércoles cuando se le cayó la libreta con sus dibujos en medio de la acera. Yo iba con él. Mientras le ayudaba a recoger miré algunos que me parecieron demasiado extraños. Lo interrogué con los ojos y se enfadó sin que yo pudiera entender qué decía ni qué era aquello.
Un día me colé tras él en una cancha y me escondí para verlo sin que él me viera. Mi hermano no iba al gimnasio o a los entrenamientos. O sí. Porque era verdad que acudía religiosamente cada lunes, miércoles y viernes. Pero lo que él hacía sólo era dibujar. Se sentaba, ponía el bloc en sus rodillas, sacaba los lápices y hacía bocetos sin parar. Me llevé casi media hora contemplando cómo movía sus manos. Cómo levantaba los ojos, los posaba en algún lugar concreto y luego agachaba la cabeza y dibujaba con una energía nueva para mí. En mi casa, Ignacio era más bien lento y tranquilo, pero sin embargo allí parecía como si le hubieran conectado a una batería. Tuve que irme pronto pero mi mente iba llena de imágenes de aquellas personas que jugaban a voleibol sentadas. Después supe que el deporte se llama Sitting Voley. Era la primera vez que yo veía aquello y comprendí que a mi hermano le gustara admirarlos y llevarse algún instante capturado en su libreta.
Llegué a casa y le dejé una nota en su ordenador que decía:
“Me gustaría que me explicaras por qué no juegas con ellos”
Y me fui a mi habitación.
El viernes al levantarme mi hermano había respondido a mi nota con otra que tenía en mi mesa de estudio.
“Te lo explicaré todo si no dices nada a papá ni a mamá”
Así que al llegar la tarde, me fui corriendo a buscarlo pensando que lo encontraría en la misma cancha. No estaba. Miré en todos lados y nada. Al salir en dirección a casa me adelantó un pequeño coche donde iban una mujer y dos chicos. Uno era mi hermano, Lo reconocí por la camiseta de rayas de colores y su pelo alborotado, pero él no me vio. “¿Dónde irá…?”, pensé.
Volví a dejarle una nota. Pero esta vez debajo de la almohada para que no pudieran verla mis padres.
“Mamá no quiere que te montes en coche con extraños”
Ignacio y yo habíamos acordado esta forma de comunicarnos. De pequeños nuestros padres nos enseñaron que a veces por escrito da menos pudor decir las cosas. Y también que las palabras escritas son más amplias porque es como hablar con uno mismo y se tiene más libertad para pensar y explicar al otro qué se quiere decir y cómo. Así que si teníamos que pedirnos perdón o decirnos que nos echábamos de menos, preferíamos escribirlo y así nos resultaba más fácil. Mi hermano siempre añadía algún dibujo a sus notas. Luego al mirarnos, como ya habíamos leído lo que el otro quería decir, sólo nos abrazábamos o sonreíamos y todo estaba aclarado.
Al abrir mi carpeta cayó una nota de contestación de mi hermano.
“El lunes tienes que estar a las cinco en la puerta del polideportivo. Trae tu cámara de fotos y no digas nada a nadie”
Había dibujado al final de la nota un antifaz.
- ¡Sube! – dijo Ignacio.
Miré a la señora y comprobé que era la misma del coche donde iba mi hermano la semana pasada. Giré la cabeza hacia el chico y todo me pareció en aquél instante muy raro. Me subí con mi hermano en la parte trasera del coche con mi cámara de fotos en la mano tal y como me había pedido, pero nerviosa y con mucha curiosidad. No me atreví a mirar más al chico, parecía que podía verme por detrás y eso me daba un poco de miedo.
El coche paró. La señora se bajó y dio la vuelta para abrir la puerta del chico. Al principio creí que era su madre, pero luego me di cuenta de que era imposible por la forma de tratarlo. El chico bajó y sacó, como por arte de magia, un bastón blanco que desplegó en pocos segundos. Yo me quedé como idiotizada por haber pensado que podía verme por su nuca cuando en realidad era ciego. Sufrí un escalofrío y por alguna razón sentí alivio de no ser yo.
- Ahora entra conmigo y procura mantener silencio – me susurró Ignacio al oído.
Yo estaba en una nube. Aquello sólo era un polideportivo cualquiera y en la pista ya estaba todo preparado, sólo que yo no sabía a qué se jugaba ni quiénes. Hice un intento de preguntar a mi hermano y sólo me dijo: “Tú mira, fotografía algo si te apetece y no me interrumpas mientras dibujo, por favor”
Cuando los jugadores iban saliendo comprendí que todos eran ciegos. Llevaban antifaces negros y allí estaba el chico del coche. Iban guiados por una persona que los situaba en su lugar en la pista y sentí una vibración y un sonido que pronto averigüé de dónde venían. Eran de su balón. Jugaban con una pelota con cascabeles. Sólo eran tres por equipo y sin embargo aquello parecía tan lleno… Hacían tiradas imposibles y recogían el balón con una maestría que terminó haciéndome saltar y apoyar a los dos equipos por igual. Mi cámara de fotos no paró de capturar la magia de aquellas personas y ninguna foto me parecía bastante porque lo que yo quería era llevarme el sonido de aquellos cascabeles para siempre. De vez en cuando miraba a mi hermano que dibujaba casi al mismo ritmo que yo hacía fotos. No paramos ninguno de los dos y como tantas veces, no hicieron falta las palabras para comprendernos.
A la vuelta, Hugo (así se llama aquél amigo de mi hermano) me preguntó algo que nunca olvidaré:
- Mónica, ¿alguna vez has pasado la mano por la hierbabuena y te has parado a pensar no sólo en su olor, sino en su sonido…?
Dije que no con la cabeza y mi hermano comenzó a reírse a carcajadas diciendo que no podía verme. Hugo reía también y me tendió la mano para que lo acercara al coche. Le pedí perdón pero insistió en que no pasaba nada, que estaba acostumbrado.
Ya en casa, Ignacio y yo nos quedamos en el porche y fue allí donde me enteré de que un profesor le vio dibujar en el colegio y le gustó tanto la vida que tenían sus dibujos que le propuso que dibujara a las personas con discapacidad haciendo deporte, cocinando, haciendo la compra o cualquier otra actividad de la vida cotidiana. Don Samuel no quería que ningún niño con discapacidad perdiera la oportunidad de tener una vida como todos. Así que puso en contacto a Ignacio con los monitores de los colegios y centros de ayuda, que estuvieron encantados con la idea. Con los dibujos de él se harían muchas cosas, entre ellas unas guías para distribuir por colegios, por los hospitales y asociaciones de ayuda a discapacitados, entre otros lugares. El profesor haría los textos y si alguna de mis fotografías era buena, también iría en el libro. Eso me hizo sonreír durante días. Mi hermano sabía que yo quería ser fotógrafa y me estaba dando la oportunidad de comenzar.
Con el dinero que le pagarían por los libros vendidos, mi hermano quería hacerme un regalo y pagarse un curso de ilustrador para libros infantiles. Pero tuve que prometer que no diría nada a mis padres hasta que estuviera el libro terminado. Sería una sorpresa para ellos.
Entonces fue cuando me atreví a preguntarle por esas personas quietas que había visto una vez en su bloc.
-Esos son los dibujos que irán como ejemplo de lo que no se debe hacer o como contraposición de lo que el libro quiere enseñar. Si pongo a una persona que va en silla de ruedas jugando al voleibol sentada, estoy dándole movimiento, pero si no jugara nunca a nada, estaría quieta como en mis dibujos muertos. ¿Entiendes? Irán uno al lado del otro, para que puedan valorar y decidirse – esa fue la respuesta.
Y claro que entendía… Por eso en su libreta había gente sin ojos o con los brazos pegados al cuerpo.
- Esos dibujos me asustaron… – dije aliviada.
Llegó la noche y cuando quise sacar de mi mochila uno de los cuadernos, cayó en el suelo un antifaz negro como el que tenían los chicos del GOAL-BALL (así se llama aquel deporte para invidentes). Tuvo que ser Hugo. Pero “¿Cuándo pudo ponerlo?”, me preguntaba.
Lo miré un momento y en seguida se me vino la imagen de la hierbabuena. Salí corriendo al patio, me puse el antifaz y, sentada en el suelo, pasé la mano por encima de las plantas intentando descubrir a qué sonaban. En unos minutos el mundo se llenó de sonidos con olor.